miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA DESAPARICION DE ANIBAL


I

Los asuntos internos en el Colegio Markham seguían ventilándose en la oficina de Andrew, graduado en Literatura y supervisor adjunto del cuerpo docente. Los estudiantes se sentían cada vez más identificados con el joven líder, que realmente demostraba ser muy competente en el cargo. La promotora y el superintendente admiraban las cualidades innatas del joven líder y cada uno de los integrantes de su Círculo. Se sentían orgullosos. No se habían equivocado en su elección.
Aníbal, por su parte, se perfeccionaba aún más en el piano. Sus horas de clases se extendían en dos turnos, ensimismándose hora tras hora y entregando lo mejor de sí al tocar intensas composiciones. Su aula era la más concurrida por los admiradores de Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms y tantos otros de renombre mundial. Acrecentó el espíritu musical entre los nuevos valores rescatables de los más prestigiosos colegios de Lima. El éxito de Aníbal resonaba también en el Conservatorio Nacional de Música y en la O.S.N. Sin embargo, sus responsabilidades le agobiaban demasiado. Necesitaba urgentemente de unas cortas vacaciones que pudieran refrescar su mente con ideas nuevas, pues se encontraba al borde del estrés.
Una tarde Alcides Martín se encontró con Arnaldo, percusionista principal de la banda del Markham.
–Es el momento de que Aníbal nos acompañe al viaje de promoción que será en Huancayo –propuso Arnaldo.
–Es probable que él se niegue a salir de Lima. Es un misántropo, misógino y misógamo –murmuró Alcides Martín.
–El buffet de la cena será exquisitamente variado. Tragaremos hasta saciarnos –pronunció Arnaldo esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
–¿Quién más irá con nosotros?
–Pues si no lo sabes, invitaré a Johan.
–No creo que se anime a acompañarnos. Está comprometido con Roberto para asistir a sus conciertos nocturnos de la O.S.N.
–Se lo diré de todos modos.
Por la noche Johan realizaba su acostumbrada rutina de pesas como solía hacerlo interdiariamente. Aunque era delgado, se mantenía en forma levantando sus pesadas mancuernas. El ejercicio se vio interrumpido cuando sonó el timbre. ¿Quién será? Instantes después una figura conocida ante su puerta.
–Johan, es un placer verte perseverando en las pesas –dijo Arnaldo saludando con un gesto peculiar.
–¿A qué se debe el honor de tu visita?
–Vine a invitarte a participar al viaje de la promoción lejos de Lima.
–¿Qué tan lejos?
–Bueno, no tan lejos. ¡Huancayo! –afirmó Arnaldo, mientras jugaba con sus baquetas.
–¿Quiénes irán?
–Sally, Faith y sus amigos.
–Dime, ¿será interesante aquel viaje? Porque en realidad ya me cansé de esos viajes que no son ya nada importantes, pues terminan es escándalos de quinta.
–¿Escándalo? No, por el contrario, será fenomenal. Eso te lo puedo asegurar. Anímate pues, Captain.
–¡Captain! No me vengas con apodos –murmuró Johan, haciendo una pausa para luego continuar con un curl alterno para bíceps.
–Por si no sabes, vendrá también Aníbal con nosotros.
–¿Aníbal? –preguntó Johan dejando a un lado sus mancuernas–. ¿Aníbal dices? ¿Qué, no está en plenos ensayos con la O.S.N.?
–Sí, pero quiere darse una escapada. Tú sabes bien cómo es él de arrebatado. Además, es el favorito del Licenciado Wilder, pues a él lo invitó mucho antes. Pero no se lo digas a nadie –pronució Arnaldo, bebiendo el Gatorade energético de su compañero.
–¡Deja eso, xd! ¿No ves que ya casi estoy sin fuerzas y que necesito del líquido vital?
–Bueno, ¿vendrás o no?
–Hoy en día todos se escandalizan y nadie se malogra verdaderamente. La perdición, creo, no va conmigo. Tampoco las borracheras hasta el día siguiente.
–Has tomado el camino de Aníbal, según veo.
–¡Ah! Mis responsabilidades me están matando demasiado. Me están pasando las facturas.Discúlpame esta vez, pero no puedo complacerte.
–Creo entenderte.
–Sin resentimientos brother!
–Descuida –dijo Arnaldo, agitando frenéticamente sus baquetas–. Te contaré luego lás últimas. No creo que haya escándalo, Johan. Chaufa.
Ese fin de semana Roberto el supervisor de la oficina de disciplina llamó por teléfono a Johan. La conversación fue esta:
–¿Y qué novedades, Captain?
–¿No sabes las últimas?
–No lo sé, pero dímelas tú, que ya no aguanto más la curiosidad. Espero que sea algo interesante.
–Hoy en día podemos saber todo de los demás, y nada de nosotros mismos. ¡Qué irónico, no crees!
–No empieces. Habla.-Enfatizo Roberto.
–Aníbal y Alcides Martín han viajado a Huancayo.
¿Se han ido donde Wilder? –alzó la voz Roberto–. ¿Cómo así?
–Vino Arnaldo comunicándome que viajarían junto con otros más, del cual no sé sus nombres. Cuando regrese Alcides Martín, hazle cantar.
–Estos relajados viajan sin comunicarme nada. O sea, saltan sobre toda autoridad. No entiendo por qué viajan casi como a escondidas. ¿Y Aníbal?
–Aníbal, por lo que sé, ha evitado todo contacto con el Círculo de Andrew. Ahora que lo pienso mejor, quizás busque separarse definitivamente. Qué mejor pretexto que viajar a Huancayo, que tiene fama por los bochornosos conciertos que se realizan. ¡Agh! No hubiese querido ir.
–Es la mejor decisión que has tomado.- Dijo Roberto.
Segundos después, los interlocutores se despidieron y prosiguieron con sus ensayos respectivos, pues tocarían el domingo en la O.S.N., y alternarían con Francis, el solista más figuretti del Markham.

Ciertamente Alcides Martín invitó a otros compañeros suyos a unirse al grupo, y Arnaldo contribuyó gracias a su labia a aumentar el número de viajeros. Muchos quisieron unirse, pero ya era rochoso, y quizá alguien “tiraría dedo” por ahí. Tenían que ser prudentes, pues la promotora ignoraba tal escapadita. No existía indicio alguno que levantara sospechas. Nadie debería traicionarse, ni abrir la boca, de lo contario el Círculo de Andrew tomaría cartas sobre el asunto. ¿Se enterarían?
En el terminal de Ormeño de la Av. Javier Prado, los chicos iban llegando con sus mochilas abultadas y sus habituales gorras de béisbol, sus mp4, sus Iphod, sus Galaxis y tantas otras cojudeces del futuro.
–Oye, ¿Sally vendrá con nosotros? –preguntó inquietamente Sofía, hermana de Alcides Martín.
–No creo que venga, pues ya nos vamos –respondió Arnaldo felíz de la vida, al lado de su enamorada.
–No hay por qué preocuparse –respondió Jairo, lamiendo su cremoso helado de chocolate.
–Invita un poco pues, no seas malo –le rogó Daniel, tenor del Coro Nacional.
–No, causita. Ahí está el heladero. Cómprate uno –respondió sarcásticamente el alocado de Jairo.
Daniel incómodo, compró cuatro helados Pibe, y los repartió entre sus compañeras, mas éstas pidieron Magnum y los Sublimes. Hubo un silencio glacial.
–Ya saben chicos. Todo está fríamente calculado –enfatizó Arnaldo, jugando con las baqueta “Calato”.
–¿Dónde nos hospedaremos? –preguntó Faith, cuyos ojos eran tan claros como la miel.
Esos ojos lindos nadie los tendrá –cantó Alcides Martín a los oídos de su amiga.
–Escuchen –respondió Arnaldo, captando la atención del grupo–, ya contamos con un hotel 4 estrellas especialmente separado para nosotros.
–Oye, ¿nadie se va a enterar lo que nos vamos hacer en Huancayo? –insistió Faith– Mira que si se enteran se arma la gorda y ahí sí que te cuelgo, ya sabes.
–Estamos depositando nuestra confianza en tí –añadió Daniel en tono preocupado.
–¡Cálmense! Aquí no pasa nada, chicos. Escuchen atentamente mis instrucciones –respondió Arnaldo, sudando profusamente y calmando un tanto su enojo.

Realmente los chicos estaban nerviosos sin informar debidamente a la promotora. Empero, ¿qué hay de malo en tener que darse una escapadita aprovechando el viaje de la promoción? ¿Valía la pena huir de la rutina y disfrutar de un paseo o mejor dicho, asistir a una boda, sin escapar, por supuesto, de la realidad? Porque permiso habían tenido de sus padres, que no dudaron ni un instante de sus hijos. Dos días serían más que suficientes, para luego continuar el lunes con los estudios.

Marcaba el reloj las once de la noche, cuando el moderno autobús imperial partió del terminal, dirigiéndose velozmente hacia la Carretera Central.Entre el caos vehicular y la chichería de Ate salieron de Lima. La noche parecía ocultar el autobús entre las colinas grises de la madre sierra. Seis horas más tarde llegaron a Huancayo. En el terminal principal de la ciudad una comitiva esperaba a los limeños, la cual los atendió cordialmente a pesar de que no esperaban a tantos invitados.
–Bueno, este es el hotel donde se hospedarán esta noche. Mañana tendremos un día largo. Así que mejor descansen –exhortó el Licenciado Wilder antes de despedirlos.
Una vez acomodados los chicos en sus respectivas habitaciones, comenzaron a bromearse, aventándose almohadones, provocando incomodidad en los pasillos del hotel.Las risas burlonas de los chicos atolondraban a las acaloradas parejas del recinto y los turistas hablaban más alto de lo acostumbrado.
Alcides Martín improvisó contando cuentos de horror en uno de los cuartos, a modo de Cuentos de la Cripta. Relató la historia de los barcos desaparecidos por terribles maremotos en el inhóspito Triángulo del Dragón, ubicado en el Mar del Japón. Los chicos se mordían las uñas al oir historias tan espeluznantes. Mientras tanto, en la habitación contigua, Aníbal descansaba como una fiera agotada, sin prestar atención al bullicio que provenía de todos lados. Horas antes él había llegado aparte pues el no era de la promoción, sino que acompañaba como un auxiliar. Seguro observaría todo y no le importaría nada de lo viera. Solo le gustaba componer algunas pistas con los músicos locales que encontró en el hotel. Se sentía extrañamente fatigado. Quizás el soroche le había tocado. Era inconcebible que Aníbal pudiera caer, semejante vientre que se manejaba de la vida tranquila en casa.
Esa noche despertó impetuosamente por la madrugada, no pudiendo conciliar el sueño. Pronunció brevemente un soliloquio, tratando a su vez de darse fuerzas. Recordó cuando Johan le habló de su experiencia en Ticlio, y cómo superó el mal de altura subiendo osadamente a un cerro, bebiendo luego una coca-cola con aspirina, para que su cuerpo se acostumbrara al rigor. Él tuvo suerte, pensó.
Aníbal, en más de una ocasión, había afirmado que no existía poder alguno que pudiera hacerle sucumbir, pues se consideraba imbatible. Brillaba, según él, con auréola propia acompañada de su fuerza interior –que llevamos todos los seres humanos. Eran ideas que sus compañeros cuestionaban de él.

Al día siguiente, los delegados del licenciado buscaron en el hotel a los estudiantes. Éstos dormían placenteramente, porque su velada había sido larga. De mala gana se despertaron al sentir su sueño interrumpido con órdenes de dirigirse a la casa del licenciado, a coordinar detalles del viaje al campo de las flores o “Market Garden”. Sólo uno no pudo levantarse: Aníbal. Al parecer estaba con graves signos de soroche.
–¿Qué sucede, amigo? –preguntó uno de los delegados–. ¡Huy! Sí que estás ardiendo en fiebre. Avisaré de inmediato al Licenciado. Cálmate y quédate en cama.
–Sé que mi cuerpo está adolorido y mi cabeza está a punto de estallar, mas no seas exagerado con Wilder. Dile que estoy bien, ¿quieres? Eso es todo.
El estado de salud de Anibal fue ignorado por sus compañeros. Se mostraron indiferentes, tal vez por estar cansados y soñolientos. Lo cierto es que su desgano fue muy evidente. Muchos se preguntaban qué sucede con éstos. El Licenciado se percató que los chicos no querían participar del viaje a una huaca y un museo cercano, por tanto decidió dejarles el día libre, para que pudieran conocer mejor la ciudad. Pero anticipadamente les dijo: “Deben de estar una hora antes de la ceremonia, no lo olviden”.

Por la noche, el salón principal del hotel lucía singularmente adornado con globos y cintas de agua del color usual: dorado. El buffet se veía exquisito. Habían preparado la típica pachamanca y sabrosos pollos a la leña, Cuy al palo al gusto de cada quien.
Los invitados esperaban por los pasillos la llegada de la promoción. Éstos aparecieron a la hora indicada, dándose inicio la cena. Hubo tomadas de mano bajo la mesa. Flirteos con las piernas, roces luego un beso selló los corazones enamorados de algunos enamorados,por no decir la de muchos.
Alcides Martín estuvo a cargo de la interpretación del piano alternando con Arnaldo en la percusión, junto con otros que dieron ritmo a la noche, con un formidable acompañamiento musical. La cumbia empezaba a realizar lo suyo. El rock local, aquella bandita contratada, cumplió, pero no encantó mucho. La salsa dura y suave, si que cautivaba. Héctor Lavoe y Jerry Rivera si que cumplían. Sally y Faith cantaban alocadamente en la plataforma cual gemelas. Después de unas horas, nadie parecía notar al gran ausente de la noche, a excepción de Arnaldo.
–Oye, tonpo, será mejor que alguien lleve a Aníbal un pollo entero. No vaya a ser que luego se enfade.
–Yo mismo me encargaré de llevárselo –susurró Alcides Martín, sintiendo de pronto un escozor en el vientre.
En la habitación 66 y solitario y tirado en cama estaba Aníbal. Se sentía irritado, pues tenía un apetito voraz, y no sabía cómo aplacarlo. Además, soportaba el bullicio con estoicismo, no podía dar un paso y se le hacía difícil caminar por su estado febril y delicado. “Carajo  me duele la panza”.
Minutos después Alcides Martín buscó la habitación del enfermo, más no la encontró. No halló mejor idea que enviar a un mozo con la misión de entregar el suculento pollo, previo arreglo, por supuesto. Mientras tanto, Aníbal tenía una peregrina esperanza de que alguien pudiera atenderle. Solo le llevaron un cuarto de pollo al cilindro y un vaso de gaseosa que termino reventándole de cólicos al pobre músico. Nadie apareció en su habitación toda aquella noche de Huancayo.

                                                         II

–¡No puede ser! –prorrumpió Andrew cuando supo que dos integrantes del Círculo se encontraban ausentes.
La noticia ya había llegado al colegio. Sin embargo, la promotora ignoraba lo sucedido.
–¿Qué harás al respecto, Andrew? –preguntó Kenneth.
–Es preocupante la situación que tengo que enfrentar, muchachos. La desobediencia ha llegado hasta nuestro Círculo.
–Y yo que pensaba que éramos un grupo sólido y compacto –dijo Manolo, con su singular sonrisa de niño.
–¡Bah! Me suena a disco rayado tu afirmación –murmuró Christopher. ¿Acaso crees que todos somos perfectos?
–Bueno, no olviden que nuestra meta es alcanzar la perfección –exclamó el líder.
–Dínos, ¿quién te informó sobre los detalles de la escapadita de Anibal cuando debió estar aquí en la Lima.–interrogó seriamente Kenneth, dirigiendo su mirada a Manolo.
–¡Fuentes fidedignas! Pero no se enojen chicos, porque Roberto me adelantó las nuevas cuando tropecé con él en la biblioteca –respondió Manolo, el diseñador más versátil del mundo de los cómics.
–Está claro que ahora sabemos todo lo ocurrido –exclamó Christopher, examinando la situación.
–¿Debemos aceptar o rechazar las órdenes de la promotora? –preguntó Kenneth al líder.
–Me parece que sí –respondió Andrew, dirigiendo su mirada al Círculo–. Sin embargo, hay ciertas líneas en mis vectores que no encajan. Afirmaré mis coordenadas antes de resolver el problema con los dos.

                                                      III

Una semana después, Johan se dirigió a la residencia de Francis, en Santa Catalina, distrito de amplias calles, cuyo atractivo principal es su colosal Parque de las Américas.
Después de caminar cuadras enteras desorientado, Johan dio al fin con la calle recóndita. Vio a su compañero que jugaba afablemente con su perro afgano de finísimo pelaje blanco.
–Ya calma, Prometeo –exclamó Francis, saludando con cordialidad a su amigo.
–Los lugares más sorprendentes, como tu residencia, son verdaderamente inaccesibles.
–Tú y tus epigramas. ¿Qué sabes de Aníbal?
–Me parece que aún goza de sus vacaciones. ¿Sabías que su querida madre me llamó por teléfono preguntando por su adorado?
–¿Adorado? –interrumpió Francis, cogiéndose la barbilla. Bueno, en realidad existen pocos en este mundo que lo adoran. Su madre, por ejemplo.
–En fin, lo cierto es que su madre me preguntó: “¿Qué sabes de Aníbal?” Y yo le respondí: “Señora, creo que ya debería conocer mejor a su hijo y de sus continuos arrebatos”.
–Por lo que me cuentas, puedo sacar mi conclusión de que Aníbal es autosuficiente que no analiza bien las cosas. Su desaparición es prueba de ello, pues ha causado mucha preocupación en su madre y en nosotros también.
–Es muy controvertido para ser un músico notable. Además, la gente lo considera un tipo siniestro. ¿Sabías que lo comparan con Hannibal “Caníbal” Lecter?
–¿Te refieres a ese psiquiatra sociópata del film Silent of the Lambs? –pronunció melodiosamente Francis, con su fluido inglés americano.
–Sí. Se emociona cuando alguno de los estudiantes lo llaman así. Esboza una sonrisa quasi estúpida, como la de El Guasón, y prorrumpe en carcajadas sin importar quién esté a su lado.
–Ya conozco esa sonrisa más que estúpida, sarcástica–murmuró Francis.
No lejos de ahí, un hombre vestido de negro, como si guardase luto, se acercaba lentamente hacia ellos.
–Me parece o es… -murmuró Francis, sujetando con fuerza a Prometeo.
–Sí. Es él.
Aquel tipo cruzó la pista y pisó el jardín del dueño de casa. Éste no se inmutó, sino que ante la sorpresiva visita solicitó a su empleada que trajera tres vasos de jugo de fresa con leche.
–Has creado un aire de desasosiego en todos. Especialmente en tu familia –interpeló Johan al inesperado amigo.
–Así es. Tu desaparición ha motivado una serie de especulaciones –añadió Francis.
–Muchos de la promoción que regresaron de Huancayo dijeron que enfermaste gravemente y quete suicidaste o que raptaron los ronderos de la zona.
–¡Calma, calma, compañeros míos! –gesticuló Aníbal extendiendo sus gruesos brazos–. No es para tanto. Ahora escuchen mi versión sobre lo ocurrido. Verán, ¡nunca viví momentos tan difíciles en mi vida! Estuve gravísimo a tal grado que intenté buscar ayuda del Altísimo. Pero mi orgullo me sostuvo hasta el final.
–Cuando habla de esa forma es porque está mutando –dijo Francis dirigiéndose a Johan.
–Como les decía –prosigió Aníbal–, tuve que velar por mí mismo porque los condenados jóvenes de Alcides Martín me abandonaron a mi suerte.De repente se fueron de campamento por allí dos noches. Luego bandonaron el hotel y la habitación 66 estaba al final del pasillo, que nadie se enteró que dormía allí. Después me enteré por los hijitos de su madre que hablaron de mí que anduve en una posta médica, aislado y en cuarentena.
–¿Qué los chicos ni se dignaron a preguntar por tu salud? –interrogó Francis asombrado por las palabras de Aníbal.
–Y eso no es todo. Lo cierto es que durante el concierto, yacía en el hotel, con fiebre de cuarenta grados. Había transpirado de tal forma que parecía estar desidratándome minuto a minuto. Mi sed era agobiante. Solo me trajeron un polo escuálido y una gaseosa que me mandó al baño cada 5 minutos. Luego me dormí de tanto dolor que desperté hacia al siguiente día, cuando uno de los conserjes me llevó en efecto, a una posta médica donde me pusieron suero. Alcides Martín ni apareció, ni Arnaldo. Luego a  causa de mis fuertes jaquecas y con unos diazepanes me puse a descansar día y medio. Es más, tan débil me sentía que apenas pude realizar algunos arreglos con los músicos de la zona. Sin embargo, nunca fui visitado o al menos asistido. Y eso, que mi habitación estaba próxima a los sanitarios, pudiendo escuchar, débil e imposibilitado, las voces disonantes de la gente que venía del hall principal de aquella noche de mierda. Al término de mi estadía que ni siquieran me pagaron, pues tuve que cancelar de mi cuenta todo, hasta quedar tan sólo con quince soles en la billetera. A pesar de todo, no quise parecer gravoso ante el Licenciado, llamándole a Lima y joder a todo el mundo de Huancayo. Ya muchas quejas había recibido del grupo de Arnaldo y Alcides Martín. Me quedé un par de semanas, entrenando nuevos talentos musicales que me pagaron con suculentos almuerzos y mi ansiado pasaje de regreso y al término de éstos me despedí, siempre ofreciendo disculpas por mis “compañeros” ¿Se imaginan tener que sobrellevar semejante situación, como si yo fuera su redentor que carga sus culpas?
Hizo una pausa, bebiendo a grandes sorbos la refrescante bebida de fresa, y prosiguió.
–Vagué luego por las calles solitarias, buscando el terminal de Expreso Civa, meditando sobre todo lo que había sucedido. Cuando caí en la cuenta, ya estaba extraviado. Di con el peor barrio, la hez de la ciudad. Caminé entre alimañas putrefactas que bien pudieron haber tomado mi vida. Felizmente no ocurrió desgracia alguna, tal vez, quién sabe, algo o alguien me protegía…
–Muy conmovedora tu historia –interrumpió Francis, dando sorbitos con exquisita elegancia a su vaso.
–Sí –añadió Johan–. Dá gracias que hoy estás con nosotros.
–¿Qué harás con respecto al círculo de Andrew cuando confronten tu conducta, es decir tu desaparición, pues tu contestabas para nada tu celular, además que indagaron preguntando en la morgue de Huancayo y poniendo anuncios con tu foto por todos lados? –interrogó Francis en tono circunspecto.
–Enfrentarlos. – Sentenció Anibal, como harto de tanta indagación hacia su persona-Todo aquel que intente cuestionarme ha de sufrir mi carácter. Más aún, sobre ese Círculo, ¿quiénes son ellos para que juzguen mi conducta? Y eso va para todos, incluyendo ustedes.
Minutos después Aníbal se despidió de sus compañeros, desapareciendo al final de la avenida, rumbo al colegio Markham.
Al llegar, se dirigió rápidamente hacia la Oficina del Superintendente, preguntando por sus colegas. En tanto trató de calmarse de la misma manera cuando un actor controla sus nervios antes de entrar a escena.
–Pasa, Aníbal. Te esperábamos –pronunció Kenneth.
–Ya estamos al tanto de los problemas que causó el grupo en Huancayo. Pero antes de continuar con lo nuestro dime, ¿cómo sigue tu salud? –preguntó el líder, a la vez que cruzaba las piernas, según su costumbre.
–Sinceramente nunca estuve mejor. Pero, ¿cómo saben de todo lo ocurrido? –replicó Aníbal, impávido e inquisidor a la vez.
–Ya lo sabes, todo, tarde o temprano, se llega a revelar. Bueno, esta es mi pregunta: ¿por qué no nos informaste de tu viaje.
–No he de explicar detalle alguno sobre mi viaje. De ustedes puedo esperar que sean injerentes aun conmigo. No logro comprender la actitud de ustedes frente a mí. ¡Qué es eso de hacerme sentar como si fuera culpable de un grave delito! ¿Es que, en verdad, desean meterse conmigo? Pues déjenme decirles que de ser así, se repetirá lo del caso del depravado Alban. ¿Acaso no han reparado que poseo varias personalidades que pueden resolver culquier asunto en cuestión? Inclusive éste.
–¡Procaz y enfermo! –exclamó Manolo.
–¿Acaso no reconoces tu error, mi estimado? –le increpó Andrew, poniéndose en pie y observando con el rabillo del ojo a su enamorada que caminaba por el patio.
–Calménse por un momento, ¿quieren? –interrumpió Alcides Martín–. No es para tanto. Toma las cosas como deben ser, por favor, Aníbal. Entiende que estás discrepando con nosotros desde hace tiempo. ¿Recuerda la vez en que te equivocaste con Andrew y te uniste con Johan? Pues entérate de esto: Johan y Francis están con nosotros y comparten la opinión de que tú eres un disidente y un peligro latente y constante para el grupo.
–Así que Francis y Johan –murmuró entre dientes Anibal.
–Comprende de una vez por todas que nos preocupamos por tí –exclamó Christopher, colocando su mano sobre el hombro del descarriado amigo. Mas éste se lo apartó con frialdad glacial.
–Abjuro al Círculo irrevocablemente. ¡Abur! –finalizó Aníbal y, levantándose bruscamente de su asiento, enrumbó hacia la puerta principal. De lejos, sus amigos alcanzaron a ver al renegado solitario abordar un taxi, desapareciendo instantes después.

                                                 IV

Ahora bien, el Círculo de Andrew, así lo denominaban ellos, aquella oficinita adjunta al lado de las oficinas administrativas del Markham, aquel grupo luchaba por mantener muy en alto sus principios de lealtad, integridad y excelencia. Por dos años habían inculcado orden y disciplina entre los estudiantes cuya conducta era problemática. La disolución, la sordidez, el famoso bullyng deberían estar prácticamente excluídas del colegio pero costaba mucho enfrentar sin que los padres se sintieran ofendidos y sacaran a su hijo del  prestigioso colegio Markham, tal era la trascendencia que, colegios como el Champagnat, Isaac Newton, América, y muchos otros, ponderaban por mantener un alto rendimiento académico y educativo, creando oficinas de disciplina y trabajando con auxiliares. La promotora se sentía muy orgullosa y satisfecha por el excelente desempeño del Círculo. Ante tales sucesos, no es de extrañarse que el Círculo diese el mayor ejemplo con ellos mismos hacia los demás. Ésta había sido la razón fundamental por la cual Andrew se mostraba inflexible e idealista con sus compañeros y con el estudiantado.
Pero, ¿se habría equivocado el Círculo con respecto al indómito de Aníbal? Había estado claro que ellos cumplieron con su deber de instaurar disciplina y consejo, incluso con sus colegas. Nadie podía estar excluido, ni siquiera el mismo Andrew. Alcides Martín ya había aceptado su respectiva sanción antes de que llegase el pianista.
Y, ¿por qué entonces Aníbal no quería aceptar el mismo tratamiento?
Sí, el Círculo no estaba del todo equivocado. Indudablemente, Aníbal tenía un carácter muy egocéntrico desde el descubrimiento de sus dotes por las artes y humanidades. En especial en la música, la cual, aprendió rápidamente, con mucha dedicación y sacrificio desde hacía ya buen tiempo. Se podría decir que creció “de la mano con el talento y el conocimiento”. Se le consideraba un genio en proyecto, con el objetivo de llegar, e incluso, de estar en nivel de los grandes compositores. Ludwig van Beethoven eran su más grande aspiración. Conocía muy bien cada una de sus obras. Asimismo, al llenar el vacío de su indolente corazón con sus habilidades, prescindía indefectiblemente de algo muy importante para todos, menos para él: el amor. Amor que le fue negado desde su oscura infancia, marcando en él una creciente tendencia al individualismo y solitariedad. Sentíase libre en la cárcel de su razón, puesto que infinitas veces había afirmado que todo lo que él representaba se lo debía a su brillante inteligencia. Muchos de sus amigos se admiraban de su conocimiento y saber, pero no así de su egocentrismo. Pero a pesar de todo, sus compañeros se influenciaban por sus aserciones sobre la verdad acerca de temas de denso contenido filosófico y artístico, hasta que atisbaron en Aníbal su desvío a corrientes quasi esotéricas y oscuras. Tanto así que complementaba sus horas libres profundizando materias relacionadas con enigmas indescifrables. Es más, se rumoreaba que quiso establecer una doctrina idealista basada en el nihilismo.
A pesar de todo este bagaje, Aníbal había ido acrecentando un profundo rencor en su alma sedienta de afecto.
Estando en su amplia cama de dos plazas y con las luces apagadas, al compás del Dies Irae, Dies Illa del Réquiem de Mozart, escrutaba en la oscuridad buscando una respuesta iluminable. Un subterfugio que pudiera acabar, o por lo menos contribuir a la caída de los infames. “Cuanto más conozcas al adversario, tanto mejor has de poder sojuzgarlo”. ¡Cómo resonaban estas palabras en su mente! Y es que él conocía enteramente cada detalle de la vida de sus compañeros, amigos, enemigos y hasta de desconocidos con él. Cada pecado, cada desliz, cada caída, cada descalabro, en fin, todo lo torcido y deshonroso que su alma era capaz de soportar y hasta de disfrutar con alegría casi abyecta.
Indefectiblemente tendría que tomar medidas extremas. ¡Qué insolencia de parte del Círculo! ¿Quiénes eran ellos para que pudieran dictar su conducta?
Sí, manipularía con astucia cada desliz, cada hecho y cada palabra en contra de ellos. Su determinación a hacer su justicia era mayor que el cargo de conciencia que pudiera tener. Su decisión ya estaba tomada, y la cumpliría irrevocablemente.

                                                       V

El reloj marcaba las seis de la tarde cuando un grupo de padres de familia ingresó, permiso previo, a la oficina del principal. ¿La razón? El famoso y “secretísimo” viaje a Huancayo, el cual ya no era un secreto a voces no sólo dentro del prestigioso centro de estudios, sino también en otros locales, inclusive hasta en el mismo Huancayo, poniendo en peligro la reputación inmaculada del hasta entonces Markham. La promotora, conjuntamente con el cuerpo docente, trataría de resolver con la mayor prestancia posible el ya mencionado caso de perdición: había corrido el éxtasis y el licor.
Por primera vez los principios habían sido transgredidos voluntariamente, dejándose de lado todas las reglas elementales del colegio. Cierto es que hubo otras ocasiones de caer, como el caso Alban, pero esto era distinto, ya que nunca antes un grupo de alumnos había viajado subyugando a los auxiliares de disciplina.
Durante las tres horas que duró la reunión hubo momentos de tensión, pero al fin se llegó a un común acuerdo que no trajo mayores consecuencias. En adelante las cosas serían diferentes, las normas de conducta y procedimiento interno se cumplirían en prestigio del colegio.  Algunos alumnos se retirarían del colegio, dos auxiliares se les invitarían a renunciar o cumplir unas labores admistrativas de por medio.
Pero, ¿cómo llegó a saber la promotora la indisciplina del viaje? El Círculo y sus integrantes no habían dictaminado los detalles ante la superintendencia. Más bien, trataban el asunto con precaución y recelo por causa de estar involucrados dos de los suyos.

Por la mañana Andrew estuvo conjeturando sobre Aníbal. Prefirió ser analítico y esperar algún indicio del abjurante. Después de todo, ¿qué podría suceder que no haya sucedido antes? Sólo después del mediodía pudo presentir cierto malestar en el Círculo. Aníbal esta enviando falsas pruebas contra nosotros, pensaba en su cómodo escritorio. Ya está realizando llamadas comprometedoras en razón de su causa. Además, ya desprestigido a Johan y Francis. Pero, ¿cómo? ¿dónde?
En efecto, fue obra de Aníbal. Luego continuó con el Círculo “desleal y voluble” como gustaba llamarlo, al cual dedicó años enteros de su vida. Los confrontó a todos, mediante intrigas sutiles que dañaron la confianza entera entre ellos. Una vez más, las imprecaciones surtían el efecto deseado. La desconfianza hacia él había sido vengada. Por tanto, su reputación estaba en total seguridad.

                                                 VI

Días más tarde Andrew decidió visitar inesperadamente a Johan. Sí, su rival de épocas anteriores, pero ahora, por necesidad e infortunio, su compañero. “Quizá tenga una solución frente a las perpretaciones de Aníbal” pensó Andrew.
–¡De veras que me da gusto verte otra vez Andrew! –exclamó Johan al verlo ante el umbral de su habitación.
– A mi también Johan. Ahora, el verdadero motivo de mi visita es Aníbal.
–Sí, lo sé. Supongo que tú también eres una víctima más, de las viles difamaciones. No sé qué mérito tiene el recordarnos nuestros pecados pasados. El gran mérito del pasado es el pasado.
–Verdaderamente apruebo lo que dices. No tiene nombre lo que hizo Aníbal con nosotros, sus amigos. Ha cometido una bajeza exacrable. Eso bien lo sé –dijo Andrew.
–Es más, ha causado resonancia cada cosa que detalló de mis compañeros y amigos. Debo ir a buscarlo para el esclarecimiento de los hechos.
–¿En verdad te sientes mortificado, no Johan?
–Asqueado dirás –dijo Johan al instante que contestaba su blackberry. Hizo una pausa y demudó su rostro al escuchar las palabras de Manolo en la línea. Al concluir dijo: “Manolo también ha sido afectado”.
–¡Ya no aguanto más! –exclamó Andrew con voz resquebrajada.
–Espera un momento. Haremos algo al respecto.
–¿Qué?
Un silencio pernicioso inundó la habitación. Sólo había una salida posible que pondría solución al problema con Aníbal. Sí, era la única alternativa. Allí, frente al espejo, mudo cómplice de la fatal determinación, Johan pronunció:
–Óyeme bien, Andrew. Sé que mis palabras te parecerán inverosímiles y de extrema locura. Pero créeme, ésta es la única salida que tenemos. Bueno, aquí viene lo más difícil. Escúchame bien, Andrew. Tienes que ser muy fuerte, ¿entiendes?
–No me interrogues tanto y dílo de una vez.
–Debemos eliminarlo.
–¡Eliminarlo! ¿Hablas acaso de cometer homicidio?
–¿Homicidio? ¡No! Llamémosle mas bien “un sacrificio”. Por eso te exhorto a que seas duro y que demuestres la misma frialdad que yo demuestro cuando enfrento los pecados y escándalos, recuerda el acoso del guachimán Albán a las alumnas, cuando Juan Tineo trajo el polvo blanco y así los casos más sórdidos del Markham.
–Sí, pero esto es totalmente diferente. Hablas de matar a un compañero.
–Un compañero que nos ha causado demasiado daño, hasta sumergirnos al total descrédito. ¿Acaso no comprendes que si lo sacrificamos salvaremos su alma de la perdición en que ya está?
–Sí, creo que esto es el único camino que nos queda. Él ha abjurado de todos sus principios. Su idealismo abyecto ha recrudecido. Es más, la herejía se ha acrecentado en su corazón. Somos católicos y hasta humanistas. Y el se ha metido en la chamanería de leer libros satánicos.Esto es algo demasiado grave y negativo en él. Un ser así puede encender fuegos extraños en los corazones de los nobles estudiantes.
–Un ejército de prosélitos que buscarían con su anarquismo derrumbar los principios básicos de la sociedad establecida. El orden de las cosas estaría en caos, y esto también, en consecuencia, traería el desprestigio del Markham, alumnos subersivos, total liberalidad en los viajes de promoción.
–Sí, tienes razón. Es el mismo caso cuando aquel ángel malo se rebeló contra los principios divinos y tuvo que ser erradicado para no arrastrar enteramente a la creación. ¡Realmente Aníbal puede arrastrar a todos!
–Y lo ha demostrado por la enorme influencia que ejerce en los jóvenes.
–Hay que tomar esta decisión cuanto antes –pronunció Andrew, con la resolución de un verdadero líder.
–Entonces, ¿apruebas en este momento que debemos inmolar a Anibal?
–Sí. Es nuestro deber –sentenció el líder.
–Bien. El plan es éste. Llamarás a Aníbal por el celular. Si no contesta, dejamos el mensaje para que te de el encuentro en Cieneguilla.
–¿Cieneguilla dices? Me suena esto como lo de Calígula y Manarelli.
–Así es. Lo citarás en el restaurant “La Ensenada”, el mismo donde almorzamos la primera vez con las chicas, ¿recuerdas?
–Lo recuerdo.
–Convencelo que le invitarás un suculento almuerzo.Si no acepta ir contigo ofrecele  llevarlo en tu Tercel. ¿Está claro?
–Sí, muy claro. Pero, ¿qué haremos después?
–Ya se me ocurrirá algo. Mantén tu celular prendido, quieres?
Y se despidieron los dos cómplices aquella noche.

                                                       VII

Camino a Cieneguilla, Andrew conducía velozmente el Tercel, violando las reglas más elementales de tránsito. Felizmente no había policía coimero que pudiera obstaculizarlo. Por otro lado, Aníbal analizaba la situación con suspicacia mientras observaba el panorama con detenimiento: el cielo aturquesado, las extensas hectáreas de cultivo, las pistas áridas y sin asfaltar al final de la pista… Aparentemente había estado absorto y en meditación durante el trayecto.
-Así que irá ella, verdad? Interrogó Anibal.
- Sí, es por ella que te facilito las cosas, pues llevará otra amiga.

Una hora antes, el líder lo había buscado e informado sobre un asunto importante acerca de una chica, a quien Aníbal, a pesar de su misoginia, misantropía y misogamia, estimaba desmesuradamente. Fue éste el verdadero motivo por el cual accedió, con interés disimulado, sin preocuparse ante la posibilidad de una confrontación con el Círculo. Después de todo, Andrew seguía siendo su amigo de confianza.
–¿Estás seguro que ella estará esperándonos? –interrogó Aníbal, viendo un letrero que anunciaba los límites de Cieneguilla. Esto le pareció extraño.
Al fin el automóvil se detuvo en el lugar indicado, que evocaba gratos momentos para todos. El sol rayaba cálido en el cielo y el viento suspiraba con un rumor comprometedor en las hojas de los árboles.
Andrew se adelantó unos metros dirigiéndose a una frondosa higuera.
–Este es el mismo lugar. Pero ella no está aquí –pronunció el líder, esbozando una sonrisa cínica–. Bueno, esperaremos unos momentos. Ya aparecerá
Aníbal se estaba impacientando al transcurrir los minutos y, acercándose al árbol, observó con distracción la hora en su reloj. Sorpresivamente de entre los arbustos saltó una figura conocida, cogiendo con fuerza la corpulenta espalda de Aníbal, quien por unos breves instantes intentó deshacerse de los fuertes brazos que lo aprisionaban.
–¿Comprendes lo que vamos a hacer contigo, Aníbal? –exclamó Johan, sujetándolo con resolución.
–Creo saberlo –respondió la víctima, exhalando profundamente–. Pero déjame decirte que en nada estimo mi vida.
Rápidamente de los arbustos salieron al encuentro de la escena Manolo, Kenneth, Christopher, Francis y Alcides Martín, los restantes del Círculo.
–¿Así que todos ustedes me odian por la justicia que me hice? Bien, hagan lo que quieran conmigo. Ya nada ni nadie me interesa.
–Tus llamadas y tus informes por E-mail nos llevaron a la ignominia –acusó con resentimiento Kenneth.
–Entiendo tu odio –repuso Aníbal con indolencia.
–No es así, Aníbal. Más bien nosotros entendemos tu odio –exclamó Christopher.
–Quiero que entiendas lo siguiente: ni nosotros ni tus padres te hemos olvidado. Arrepiéntete y obedece la voz de tu conciencia mientras tengas vida, amigo –pronunció Andrew, con el rostro pálido, hurgando temblorosamente el arma culpable que estaba en el bolsillo de su saco negro.
–Posees una gran inteligencia y una influencia desbordante. ¿Por qué no la usas para el bienestar de todos los estudiantes? –Le replicó Francis.
–¡Despierta, amigo! ¿No entiendes que tu alma esta corroída por la lepra del pecado? –exclamó Johan.
–¿Tú también, Johan? Otra vez juzgan mi conducta. ¿No entienden acaso que todos llevamos un cielo y un infierno? Siempre será así. Hoy lo mismo que ayer y mañana lo mismo que hoy –pronunció Aníbal.
–¿Qué nos enseñaron en el Markham a respetar a los demás recuerdas?–murmuró Alcides Martín, que se mostraba más resentido que el resto.
–¡¡Cállate!!–bramó Aníbal con algidez– ¡Vamos, chicos! ¡Destrúyanme si pueden! ¿Qué están esperando, licencia divina? ¡Mátenme ahora!
Un lúgubre silencio invadió los alrededores de la higuera durante 5 minutos. Todos se miraban, sin pronunciar palabra.
Johan, viendo que su artimaña no causó el efecto que esperaba, y que sus compañeros no estaban convencidos en matarlo realmente, se dio por vencido y soltó los brazos de Aníbal. Éste se incorporó con aire de triunfo en su rostro, y pronunció:
–La muerte. ¿Qué saben ustedes de la muerte? ¡Cobardes!
Luego, ante la sorpresa del Círculo, Aníbal corrió y se dirigió rápidamente al Tercel, y poniéndolo en marcha, desapareció con rumbo desconocido.
–¿Por qué olvidaste las llaves en el vehículo? –dijo Johan con enfado disimulado al líder.
–Eso nunca se hace –murmuró Kenneth.
–Bueno. Caminaremos entonces –dijo Andrew algo estupefacto–. Olvidemos todo, ¿quieren?
–¡Qué nos queda! –murmuró Manolo.
Esa misma noche Aníbal estacionó el auto en las afueras del Conservatorio. Había llegado con retraso de una hora. El auditorio lucía atestado de espectadores desde muy temprano, debido a la intensa espera de los músicos, especialmente de Aníbal, el pianista más controvertido de la Lima del fin de siglo. Y con él se dio inicio al concierto.
Dos horas después y habiendo los amigos de Aníbal, caminado varios kilómetros con el ardiente sol de diciembre. Subieron a un taxi improvisado y llegando a Lima se dirigieron al Conservatorio. Sin embargo,no pudiendo encontrar asientos ante la atestada concurrencia, optaron por retirarse uno a uno. Sólo uno de ellos permaneció hasta el final de la presentación.
–Sin resentimientos ¿eh? – Le dijo Aníbal, devolviendo las llaves del Tercel a su verdadero dueño.

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